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Novo livro sobre a nobreza espanhola » |
Monigo | 21-03-2006, 12:03 |
| Novo livro sobre a nobreza espanhola | 21-03-2006, 12:03 |
| Autor: Monigo [responder para o fórum]
Historia de la nobleza española La peculiar historia de la nobleza española -de los Grandes a los hidalgos- está ligada a nuestras agitadas peripecias como nación. Ricardo Mateos Sáinz de Medrano repasa linajes y títulos, desde los ganados a golpe de espada en la Reconquista hasta los más recientes. Ofrecemos un fragmento de la introducción de esta guía tan llena de curiosidad como de datos La nobleza española y, antes de ésta, la nobleza de los distintos reinos peninsulares de la Edad Media están íntimamente ligadas (.) a los avatares históricos de la península Ibérica, desde su aparición como grupo social más o menos constituido, allá por el siglo VIII. Esa misma realidad, que surgió a raíz de la invasión musulmana de lo que ahora son España y Portugal, hace que, en el caso español, la nobleza presente peculiaridades (...) que la diferencian del resto de las noblezas europeas. De esos orígenes derivan su estructura y sus tradiciones particulares, que han llegado hasta nuestros días. No podemos hablar de una nobleza claramente estructurada y uniforme en España hasta los albores del Renacimiento, pero es importante señalar la existencia, desde mediados del siglo VIII, de clanes y linajes nobles surgidos en los primeros centros geográficos de resistencia a la invasión musulmana del año 711, en el seno de lo que anteriormente fue el reino visigodo con capitalidad en Toledo. Dos fueron los lugares donde apareció esta primera nobleza que, en muchos casos, reclamó un origen y una filiación visigodos que, durante siglos, serían el orgullo de muchas grandes familias que, a veces de manera forzada, se hicieron descender de sangre goda como referente de pureza de linaje. Tanto es así que, en pleno Renacimiento, el noble poeta Jorge Manrique escribía: Pues la sangre de los godos/y el linaje y la nobleza/tan crecida,/¡por cuantas vías y modos/resume su gran alteza! Los focos de resistencia a la invasión musulmana estuvieron ubicados, por una parte, en el norte de la península Ibérica, en Asturias y el País Vasco, como un poder político que se proclamó heredero de la legitimidad visigoda, y, por otro, en el noroeste, en Cataluña norte, Rosellón y Cerdaña, región marcada por su dependencia, de corte feudal, del poder del Imperio carolingio ubicado en Francia y Centroeuropa. En ambos casos, una nobleza guerrera y local se erigió en dirigente de la Reconquista, a partir de una mezcla de sangres entre la vieja nobleza territorial romano-visigoda y los clanes guerreros de zonas poco romanizadas, como los Pirineos y las montañas vascas. (.) En sus manos quedó la larga labor reconquistadora del resto del territorio, que solamente habría de concluir con la toma de Granada en 1492. Así, durante siete siglos, se fueron conformando poderosos linajes con fuertes bases territoriales, que reconocieron a los reyes como primus inter pares, es decir, como los primeros entre sus iguales. En el caso asturiano-leonés, la Reconquista aportó vastos territoros que fueron a parar a esa nobleza guerrera, ya fuese de forma directa o a través de la posesión de encomiendas de las poderosas órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara, que jugaron un papel muy importante en el proceso reconquistador. Signos distintivos de la calidad noble fueron el derecho a llevar armas y caballos, y los reyes concedieron el título de condes a los más poderosos de entre sus vasallos, al cederles el gobierno y la jurisdicción no hereditarios de territorios reconquistados que, siguiendo los usos del Imperio carolingio, se llamaron condados. (.) Por otra parte, y junto a aquellos escasos títulos condales, apareció una segunda categoría de nobles no titulados que fueron los ricoshombres, por debajo de los cuales se encontraban los «hidalgos», que conformaron una pequeña nobleza territorial surgida de grupos de campesinos enriquecidos. Los hidalgos fueron especialmente numerosos en el norte, mientras que la gran nobleza, más escasa, se hizo con enormes propiedades en el sur de Castilla, Andalucía y Extremadura, conforme avanzó el proceso reconquistador, especialmente activo entre los siglos XII y XIII. En cuanto al foco de resistencia del noreste, que fue el más puramente feudalizado de la península por efecto de la influencia carolingia, los grandes señores fueron independizándose del poder central imperial, de forma paulatina, asumiendo títulos condales, como fue el caso de los condes de Barcelona, de Urgel, de Besalú o de Cerdaña, que acabaron obteniendo una soberanía plena en sus respectivos territorios. Inmediatamente por debajo (...) surgió un segundo escalafón de nobles, los «barones» catalanes, que a su vez se apoyaron en una tercera categoría, los «infanzones», prácticamente asimilados a los «hidalgos» castellano-leoneses. Por último, y desde el siglo XII, en el reino de Aragón, y más específicamente en el principado de Cataluña, surgió una nobleza patricial, de origen burgués y urbano, formada por los llamados ciutadans honrats («ciudadanos honrados»), que ya en el siglo XVIII se equiparó a la hidalguía castellana. Este esquema se implantó igualmente en Valencia y Baleares. A mediados del siglo XIV, la guerra civil castellana, que tuvo lugar durante el reinado de Pedro I, dio paso a la ascensión al trono de la dinastía bastarda de los Trastámaras, que, en poco tiempo, rigió los destinos tanto de Castilla como de Aragón. Fue entonces cuando comenzaron a crearse, siguiendo los usos de Francia e Inglaterra, los primeros títulos nobiliarios de transmisión hereditaria, asociados a las más importantes familias de ambos reinos. Por orden de rango: duques, marqueses, condes, vizcondes, barones y señores. Coincidentemente con ello, y como resultado de la cruenta guerra civil castellana y de la guerra con Portugal, que terminó con la batalla de Aljubarrota, muchos de los viejos linajes se extinguieron, dando paso a nuevos linajes ascendentes (.). El siglo XV vio florecer el número de títulos concedido por los Trastámaras, tanto en Castilla como en Aragón, y, tras la unión de los reinos peninsulares en el reinado de los Reyes Católicos, su nieto, el emperador Carlos V, en 1520, se decidió a reorganizar la nobleza española, dividiéndola en dos grandes grupos: los Grandes de España y los Títulos del Reino. Los primeros, todos ellos miembros de ilustres y poderosas familias de Castilla, Aragón y Navarra, y surgidos del antiguo estamento de los ricoshombres, tenían un estatus marcadamente superior, siendo considerados como «primos» del soberano. Además, fueron clasificados en tres categorías: Grandes de primera clase, o de «Grandeza Inmemorial», que tenían el privilegio de dirigirse al rey con la cabeza cubierta; Grandes de segunda clase, o «Grandes Restablecidos», que fueron reconocidos después de 1520 entre otras importantes familias del reino, y cuyo privilegio era dirigirse al soberano con la cabeza descubierta, cubriéndose una vez terminado el discurso; y grandes de tercera clase, o «Grandes Creados», que se cubrían la cabeza al concluir las ceremonias palatinas. El resto de Títulos del Reino pasaron a ser considerados simplemente «parientes» del rey, y a ellos podía concedérseles la Grandeza de España, posteriormente, en reconocimiento por sus servicios a la Corona. Por último, y por debajo de los dos grupos anteriores, se mantuvo una numerosa nobleza no titulada, representada por los «hidalgos» de Castilla, los «infanzones» de Aragón y los cavallers de Cataluña, un grupo social que fue empobreciéndose de forma notable durante los siglos XVI y XVIII, perdiendo gran parte de su preeminencia e importancia social. Sí les quedaron, como privilegios, la exención de ciertos impuestos y gravámenes y la posibilidad de acceder a la milicia, a ciertas dignidades eclesiásticas y a la administración del Estado, al poder probar «limpieza de sangre». En cuanto a los ciutadans honrats de Cataluña, al tratarse de una nobleza urbana, en su mayoría consiguieron mantener su poder económico y social, hecho que les llevó, en muchos casos, a incorporarse a la nobleza titulada o a emparentar con ella. (.) Por otra parte, y aunque la Iglesia prohibía, salvo dispensa, las uniones entre parientes consanguíneos hasta el cuarto grado, lo cierto es que se consolidó una ya fuerte y secular endogamia de clase entre los grandes linajes, con continuos matrimonios entre distintas familias tituladas, la mayoría de las cuales estaban emparentadas entre sí. Ello también facilitó el trasvase de grandes estados de unas a otras familias posmatrimonio, especialmente por darse el caso, único en el resto de la nobleza europea, de poder suceder las mujeres en los títulos, recibiendo con ello cuantiosos bienes y mayorazgos. Se fijaron los linajes, se escribieron crónicas, generalmente de tinte hagiográfico, de tal o cual gran familia, y se consolidaron supuestos orígenes legendarios que emparentaron a los Grandes con los reyes godos y con figuras protagonistas de grandes gestas del pasado, suprimiéndose manchas y vergüenzas de las ascendencias familiares. (...) Sincrónicamente, se fortalecieron la endogamia de clase y las actitudes de exclusión para con aquellos que contrajesen matrimonio fuera del círculo. Así, el 9 de julio de 1663 la Gaceta y nuevas de la Corte de España publicaba: «Se publicó otro casamiento muy desigual y de mayor nota, por tocar como toca a diez o doce Grandes Señores de los mayores y más calificados de España. Y fue que mi señora la Duquesa de Peñaranda viuda (hija del Cardenal Duque de Lerma, tía del que oy lo es, y madre de mi señora la Marquesa de Villena), se casó in facie ecclesiae con Don Lope de Avellaneda, vecino de Illescas, criado suyo antiguo; cosa que el Rey, y el Consejo de Estado, y el de Justicia, y todos los Grandes de España, lo an tomado muy mal. (...) Ase averiguado que havía diez meses que estaban velados y hacían vida maridable (...)». Sin embargo, y a pesar del empeño por blanquear genealogías y ascendencias, el famoso Tizón de la nobleza española, dirigido en 1560 al rey Felipe II, recogía las máculas en la sangre de muchas de las más preclaras familias, así como los sambenitos asociados a ellas, mencionando ascendencias judías y moras, y hasta alguna que otra antepasada esclava, entre los nobles más encumbrados. Los siglos XVI y XVII fueron testigos de una gran inflación de nuevos títulos y grandezas, concedidos en gran número por los reyes de la Casa de Austria. La monarquía, siempre necesitada de ingresos en tiempo de crisis y bancarrotas, llegó a vender títulos en muchas ocasiones. Así, hasta 1700 se crearon 123 nuevos Grandes y gran cantidad de títulos, a favor no solamente de españoles, sino también de portugueses, italianos y flamencos, súbditos, todos ellos, de los reyes de España. Fueron siglos de fuerte presencia de las grandes familias en la compleja y pesada administración de la monarquía hispánica, pues Grandes y Títulos eran enviados como virreyes a las Indias, Italia o Flandes, fueron validos de reyes (como los casos del duque de Lerma con Felipe III y del conde-duque de Olivares con Felipe IV), y tuvieron asiento preeminente en los distintos consejos de gobierno (...) ABC |
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